martes, 14 de mayo de 2013

Una escapada a Buenos Aires



   Onomástico redondo cumplía mi madre en abril, se preparaba una gran fiesta para el sábado 13. Como de costumbre yo no estaría presente: con seguridad habría que ensayar, sentarse en la incómoda sala del coro o quejarse por la falta de aire en la sala subterránea nª 1.
Pedir permiso a las autoridades del teatro para presentarme tan lejosen un evento como este es algo que nunca se me podría ocurrir. Si fueran motivos relacionados a un entierro supongo que me otorgarían el permiso de ausentarme; en el caso de una situación de gozo pero no de urgencia ni me atrevía a pensar en la posibilidad de asistir a la fiesta el día planeado. Otra celebración importante en la que yo no estaría presente.

   Ya sin esperar cambio alguno al respecto de repente a mis hermanos se les ocurrió una idea: "¿Y si le regalamos a nuestra madre que te aparezcas en su fiesta? ¿De sorpresa?". Luego de considerar las posiblidades de riesgo ("Tengamos a mano el teléfono de emergencias") se encontró un vuelo para ese fin de semana. Compré el pasaje para una semana de estadía, de jueves a jueves, porque no pensaba hacer semejante viaje solo por dos días. Esto implicaba un riesgo: ¿y si las autoridades del teatro no me permitian viajar? En ese caso habría que devolver el pasaje o perder el dinero.

   Mi directora de coro no objetó demasiado cuando le presenté la solucitud porque en esa semana específica no había fecha de funciones. "En todo caso, si comienzan los ensayos de escena para la ópera de Smetana el regisseur tendrá que aguantárselas" dijo.  Solo que, un mes antes de viajar, nadie contaba con la extraordinaria situación de que me otorgaran, de la noche a la mañana, un rol solista. Apenas exagero con lo de „extraordinaria“ ya que hacìa mucho tiempo que yo no figuraba en las listas de reparto y una observaciòn casual al colega hizo que se pensara en mì cuando este tenor tomó la resolución de no hacer el papel y cedérmelo. Pasé, así, de ser el segundo de un doble elenco a ser el único que haría el rol.
   Así llegó el primer día del trabajo con el regisseur de "La novia vendida" y tuve que poner mi mejor cara de niño bueno y de inocencia para que él firmara el papel que me permitiría viajar a Buenos Aires (con lo cual queda en evidencia la autoridad de mi jefa; no puede decidir otorgarme el permiso sin que algún otro tenga la última palabra al respecto).


   La ciudad capital me recibió el viernes 12 de abril con un día de otoño glorioso. Pero había que estar cautos para que mi madre no me encontrara de repente caminando por las calles de nuestro barrio antes de la sorpresa del día siguiente, el de la fiesta. „No salgas a la calle, no te asomes a la ventana, no atiendas el teléfono en todo el día“ fueron las instrucciones de mi hermano, experto del programa de protección de testigos. Al final mi madre fue llevada al lugar de la fiesta, a 20 kilómetros de la Capital Federal, y las precauciones se relajaron del todo.

La entrada de mi casa vieja.
   El momento tan temido de la sorpresa no fue tal: el sábado llegamos a nuestra casa de fin de semana a las diez de la mañana, antes que los invitados, y, mientras mi cuñada filmaba todo gesto y toda reacción, mi hermano preparó a mi madre con una pequeño párrafo retórico y yo aparecí de repente por detrás del muro. Ella se quedó petrificada y luego cayó en la cuenta de que mi imagen no era la de un holograma; supongo que lo primero que pensó es en delirios propios de esa edad o que yo estaría pidiendo asilo a la Argentina, huyendo de la Peste Negra.
Los invitados, amigos y parientes fueron pegando diversos gritos al verme; hubo besos y abrazos y no faltó el que dijo que „ya me imaginaba que irías a venir, no sé por qué esto no me toma de sorpresa“.
El jardín de la casa se fue transformando a medida que iban llegando los elementos que armarían los „livings“ , las salas sobre el césped. Es una variante que yo no conocía; se alquilan sillones, cubos, mesitas, velas, almohadones, sombrillas, para conformar diversos espacios que se pueden modificar a gusto durante la fiesta porque los objetos son estables pero no muy pesados.







   Como en toda buena fiesta la composición de los invitados fue bastante heterogénea. Como de costumbre cuando hay mucha gente se termina hablando con los mismos de siempre, los que se conocen de antemano. Asistieron los parientes cercanos, los primos y amigos del grupo parroquial con los que hay una relaciòn de más de 55 años, los hijos de éstos, mi generación, y los hijos de los hijos, quienes fomentaron su capacidad de aburrimiento o corrieron por el jardín o durmieron en cochecitos protegidos contra el sol.

Sobrinos en acción.
   El amable lector quizás ignore que muchos de mis antepasados son de origen sirio y libanés; en mi infancia fui alimentado en el marco de esta tendencia gastronómica de modo generoso. Por esto la idea de mis hermanos, organizadores de la fiesta, fue la de servir empanadas árabes de entrada y de contratar un puesto de kebab, de shawarma, para servir a los invitados con sus diversos tipos de carne y sus salsas. Por supuesto, el únco invitado vegetariano las pasó canutas.


Cuatro salsas exquisitas.
   Otro grupo de invitadas fue conformado por las maestras de la escuela donde mi madre ha concurrido hasta su jubilación. Yo, que trabajé en escuelas 11 años antes de venirme a Alemania, conozco el paño, sé cómo festeja un grupo de docentes, mujeres en su inmensa mayoría, por lo cual la situación tuvo para mí un sabor nostálgico. Intentando ser elegantes podríamos decír que „bacantes“ y „maestras desatadas“ son dos conceptos no demasiado antagónicos en este caso. Decididamente, el grupo más bochinchero en medio de una fiesta familiar, cuyos integrantes jamás hubiesen pasado ningún examen de silencio y recogimiento en una orden religiosa.



   Luego vinieron los postres, tartas y el café. Allí empezó el momento del micrófono para los agradecimientos y los discursos de rigor. Las „maestras desatadas“ hicieron una relación llena de los lugares comunes de la burocracia educacional y bailaron, luego, con muchísimo entuiasmo una danza árabe cubiertas de velos pero no semidesnudas. Luego, una amiga de toda la vida de mi madre empezó un discurso diciendo los años que se conocían y lo que habían hecho juntas en el grupo parroquial. A los tres minutos de haber comenzado, alguien dijo: „Ahora, ella se va a poner a llorar en 4, 3 ,2, 1...“, y, en efecto, la oradora se interrumpió en el momento exacto inundada de lágrimas. Mi madre agradeció al final pero, en cuanto vió que alguien tomaba de nuevo el micrófono pidió en voz alta: „No más discursitos de llorar“. No los hubo porque había llegado el momento de la música en vivo.
    Mi prima Fátima, quien trabaja de ello, se presentó con un guitarrista para cantar un repertorio de tangos, zambas y boleros. El día anterior nos habíamos reunido ella y yo con la intención de ensayar alguna canción pero terminamos hablando de nuestras respectivas situaciones de vida y de dieta, con lo cual se decidiò, entonces, que improvisaríamos en el momento de la fiesta.
Así, comenzamos (yo demasiado nervioso) con un bolero. Ella me iba tirando la letra si creía que yo lo necesitaba. Creo que salió bastante bien. Luego de los aplausos, yo me retiré para dejarla sola con el guitarristapara que siguiera con su repertorio habitual. En realidad la razón fue que pasaba justo en ese momento una señorita con una bandeja de alfajores de maizena y café y no iba a dejar que mis tíos se los comieran todos mientras yo cantara.
    Cuando Fàtima terminó con las canciones de la lista las „ maestras desatadas“ se acercaron al escenario para pedir que yo cantara otra cosa, un pedido que me sorprendió sentado en un sofá con un café en una mano y un trozo de torta en la otra.. De nada sirvió que yo dijera que no había preparado nada. Una de ellas se acercó a demasiados pocos centímetros para gritar „El Ave María, por favor, por favor“ lo que hizo que reconsiderara, rápidamente, mi decisión. Fátima sugirió que cantáramos „Laci darem la mano“ a capella y así lo hicimos para alegría de todos; inclusive olvidé la parte de Giovanni y canté la de Zerlina mientras Fátima tomaba la voz del barítono. Èxito total, reverencias, huida del escenario para no dar lugar a otro pedido.

   La fiesta llegó a su fin al caer el sol y nos fuimos retirando todos. Como no puedo con mis deseos de ver gente quedé esa misma noche para encontrarme con una amiga que vive en Uruguay. „Te voy a llevar a comer la carne de tu vida“ me dijo y nos citamos así en una esquina del barrio de Palermo. Recomiendo con sumo énfasis al amable lector el restaurante al que me llevó Vesna. Nos sirvieron un monstruo de 750 gramos, crocante por fuera y tierno por dentro, el mejor pedazo de carne que nunca he comido.




   De allí nos fuimos a „Sitges“, bar uranista parte de nuestro culto personal. Fue uno de los bares que visitaba antes de vivir en Alemania, un antro donde amigos heterosexuales han retenido orina durante horas por temor de ir al baño y Vesna respondió el pedido de una chica con la frase „no, la verdad es que no soy muy lesbiana“. Música de todo tipo, gente muy mezclada y show de travestis memorables.

 
   Ese fue exactamente el problema, lo de „memorables“. El show empezó a la una de la mañana - media hora más tarde de lo anunciado – y salvo en dos oportunidades los números y las canciones y el diálogo con el público fueron un calco de lo que ya había visto hacía dos, cuatro, seis, diez, doce, dieciséis años. A la insulsez se agregó la repetición. Nos decepcionamos las tres horas que permanecimos allí.


   Salió el sol al día siguiente y salí a pasear por el barrio de los nuevos ricos, Puerto Madero. Está cerca del Río de la Plata y permite estar como en otra ciudad que nada tiene que ver con la histórica a nuestras espaldas.

Puerto Madero.

San Telmo.
Plaza de Mayo.

    Por la tarde aparecí por la Avenida Corrientes, mi avenida favorita. Hubo algunos cambios, nuevos locales:

Especialista en Hot Dogs.

La obra que M. hizo hace unos meses.
   No quise perderme la posibilidad de visitar una cantina de mi barrio, con un encanto difícil de describir y con una cocina clásica argentina estupenda, con su „revuelto gramajo“ y su „bife de lomo con fritas“, su „flan con dulce de leche“, todo en porciones enormes. Completa el cuadro una atención como de costado, descuidada en el trato pero precisa en el pedido del comensal, y un rumor sugiriendo que los dueños italianos del restaurante tienen conexiones con la mafia. ¿Cómo resistirse?



¡Sifón!
 Otra amiga posee una librería en los suburbios que hubo que visitar. También hubo que llevarse mucha literatura a la casa alemana.

Suburbios.

   Esa tarde con libros y la cena fueron parte del último día. También, la compra de cierto material químico para amigos peninsulares y una situación penosa con mi madre presente.

   Llegó el momento de la despedida que no fue especialmente triste porque se supo que Buenos Aires me vería de nuevo a madiados de julio. Luego un taxi, un avión, otro avión, un tren de alta velocidad, otro tren regional y un taxi llegué a mi casa trevirense. De puerta a puerta fueron, en total, 25 horas. ¡Qué lejos!

martes, 9 de abril de 2013

Una semana en Stuttgart

    Esta temporada en el teatro está planificada de tal modo que nuestra próximo estreno tendrá lugar recién el 1 de junio. Así, hemos podido tomarnos libre una semana; yo me fui a Stuttgart, donde M. está haciendo una obra cómica de autores franceses: "Le prénom".


Aquí, en su versión de cine.

    No se puede decir que Stuttgart sea una ciudad que impresione por su belleza al turista distraído. Como toda ciudad alemana de cierta superficie fue destrozada durante la guerra y los arquitectos y las modas de construcción durante la Era Adenauer erigieron, a veces, grandes horrores. Lo más bonito de la ciudad se encuentra en los barrios alrededor del centro, los ubicados en la ladera de la sierra.

   Tuve deseos de ir a la ópera pero, finalmente, ví la obra de M. y una adaptación de 'Effi Briest", la novela de Theodor Fontane, un drama decimonónico. La primera pieza que vi, "Le prénom", es una comedia bastante bien construída que se está haciendo por toda la república (inclusive ha llegado a Buenos Aires) y que recuerda un poco a "Un Dios salvaje" de Jasmina Reza. Un caballero arrogante y con dinero llega a la casa de su hermana y su cuñado y anuncia, durante la cena, que llamará a su hijo a punto de nacer "Adolf". Gran espanto que lleva a otros juegos de palabras y a un par de revelaciones muy espesas que hacen tambalear la imagen de sí mismos que tienen esos cinco amigos que se conocen desde hace más de treinta años. M. hace el rol de Vincent, el que empieza con la broma que pronto se le va de las manos. No hay que decir que mi chico lo hace estupendamente.
   El sistema de abonos de estos teatros no estatales trabaja con el concepto de serie de funciones "en suite": la obra se hace todos los días salvo un día de descanso. También se trabaja con un buen departamento de prensa, que empapela la ciudad con los afiches correpondientes:




Frente al teatro.




   Si cada noche M. se iba a hacer su obra ¿qué hacía yo durante ese tiempo? En una de esas veladas fui a ver su representación. En otra, ví la obra de su compañera de piso, la protagonista de "Effi Briest". Esta tuvo lugar en la sala de "Altes Schasupielhaus", un edificio con influencias Art Decò.




   Leí la novela hace unos años y la recomiendo al amable lector en caso de que guste de ese tipo de novelas tan siglo XIX como "Ana Karenina" o "Madame Bovary". Y si no suele frecuentar este estilo de literatura insisto igualmente con la recomendación. Es muy triste todo lo que sucede, advierto.
   La puesta fue bastante mediocre pese a la estupenda escenografía y actuaciones. Lamentablemente al regisseur se le ocurrió darle el rol del marido aburrido y del amante a la misma persona. Así, cuando Von Instetten le presenta a su mujer, Effi, al mayor Campras, el cónyuge abandona el escenario por la derecha y cinco minutos después aparece por el mismo lado el mismo actor con una camisa blanca y una gorra de marinerito y mucha alegría de vivir (así contrasta el actor uno y otro personaje, el marido de Effi y su amante, Campras). ¿Diré que el público al ver esta escena lanzó un par de risitas más o menos discretas? ¿Y que muchos espectadores protestaron acerca de esto en sus charlas durante el intervalo?

   En otras veladas me dediqué a explorar la escena uranista suaba. Pocos bares, un par de discos y eventos mensuales. Como me decía uno de allí: "Stuttgart está muerto para la escena porque los que quieren hacer algo se van a Mannheim, que está a media hora de tren. Allí es donde están las mejores fiestas". Sin embargo hay algunos bares muy simpáticos. El más cheto, es el "Rubens", con su primer piso para fumadores y un par de sillones muy Mae West al pie de la escalera. Allí probé un Merlot estupendo llamado Cipriano de Venezia. Hacía mucho tiempo que no saboreaba algo así, tengo que conseguirlo.



   Contrariamente a lo que cabría imaginar el público es bastante variado, jóvenes y señores de mediana edad, alguna dama, osos y mucho flaquito de enormes gafas.
   No es casualidad que la mayoría de los bares de ambiente se hallen en el Barrio de las Habas, barrio de los más bonitos edificios y barrio rojo de la ciudad, con sus chicas latinoamericanas que soportan el frío cortante de la noche de pie chistando a todo caballero que pasa. Y en este barrio se encuentra el "Boots Western Bar", un bar de señores de pelo en pecho decorado como un viejo saloon y que  tiene un cuarto oscuro tan diminuto que funciona como cabina individual: uno sale para que otro pueda entrar.


   Allí encontré en una de estas aplicaciones cochinas de teléfono a un caballero que estaba justo sentado a mi lado en la barra. Le envié un mensaje pero mi compañía de comunicaciones, que es un desastre, no me otorgó señal y el mensaje nunca llegó a destino. M., a mi lado, me decía: "Esto es absurdo, tócale el hombro para empezar una charla, le puedes enseñar que lo reconociste por la foto", pero yo me negué a ser tan sociable.  Otra causa de regocijo para M. fue que me definí a mi mismo en la aplicación como Muscle Bear. "No conozco todos los códigos, algo tenía que poner cuando armé el perfil" dije, pero eso le hizo más gracia aún.
"Monroe" está ubicado al lado de un Mc Donalds. Lo que hace que no huela, también, a frito es la posiblidad de fumar en su interior. La noche en la que fuimos pasaron una serie de canciones en la misma secuencia tres veces seguidas y me sirvieron un vino repugnante. Pero hubo mucho que ver: dos jóvenes sentados en la barra exhibiendo ropa interior, un chico muy alto bailar, alternativamente, con dos damas muy pequeñas, un coiffeur punk,  una mala bestia, el barman. La música pasaba de Scott Mc Kenzie, a Bonnie M, "99 Luftballons", Daliah Levi y Marianne Rosenberg.

   Pero el sitio más cómodo, donde pasábamos más tiempo y donde sucedían las cosas más divertidas era la cocina del apartamento que M. comparte con dos actrices. A. volvía de hacer su función de "Effi Briest" como protagonista, M., de la suya y la cosigna era siempre reunirse en la cocina, fumar, tomar Coca Coa Zero y criticar a los colegas que respiran fuerte antes de cada frase o que no se dejan desabrochar la camisa en escena pese a lo ensayado.

  

Yo quiero ese mueble.
   
    La pasé muy bien; pese al clima horrendo no quería volver a Tréveris. Además: ¿cómo no sentirse fascinado si a la vuelta del apartamento susodicho uno se encuentra con tiendas como ésta?:








jueves, 21 de marzo de 2013

Calentando la voz

   Preparar la musculatura para la función del canto es lo que se entiende por "calentar la voz". El aparato fonador está compuesto de músculos y cartílagos que requieren una puesta en punto antes de ponerse a trabajar, antes de estirarse y contraerse o sostener y abandonar un sonido. El símil con la actividad deportiva no es casual.

   Hay quien considera que no es necesario vocalizar, que con hablar un par de minutos la voz se pondría en su lugar, que cantar es (o debería ser) tan natural como el hablar y que el aparato fonador no necesitaría más que decir un par de frases antes de comenza con un aria. Este es un concepto que me agrada pero que, por el momento, no puedo llevar a cabo por demasiadas razones; látigo y garrote vil para mí. O están los cantantes que necesitan levantarse tres horas antes de un ensayo a las 10 de la mañana para poder cantar; sea un ensayo común de escena o sea una prueba con la orquesta.

   Puestos a "mover la voz" también cada cantante observa un ritual sumamente privado: está quien cree necesitar una hora ininterrumpida de vocalizaciones casi sin pausa antes de salir al escenario (lo que siempre trae a colación la famosa anécdota del tenor que cantó 10 agudos gloriosos antes de la función pero cuando llegó el momento de la obra, con el público presente, falló justamente ese sonido tan bien cantado en su sala de ensayo). Otros colegas hacen algunos ejercicios previos y luego se concentran en los pasajes difíciles que harán a continuación.

   También la elección de los ejercicios propiamente dichos es objeto de estudio; se esgrimen razones y deseos para preferir unos a otros. Uno de los clásicos es vocalizar con una "m" muy suave en una tesitura cómoda para la voz con el objeto de observar el estado de las cosas; por ejemplo, si hay demasiada mucosidad sobre las cuerdas vocales no dejándolas trabajar como deben. Luego, se puede ir agregando vocales y cantar cinco sonidos de ida y de vuelta (subiendo y bajando) para mirar cuáles son los grados de tensión muscular en el maxilar inferior. De este modo se puede continuar pasando de los ejercicios más fáciles a los más difíciles siempre prestando mucha atención al cuerpo y a la voz, tal como lo hace un corredor de fondo antes de la carrera.

   Yo suelo utilizar este método y, antes de una función, reviso los pasajes más complejos, los que tienen mayor texto o los saltos al agudo, pero recordando al tenor de marras no abuso de mi voz - o de mi fortuna - repitiendo los ejercicios hasta el cansancio. Una puesta en marcha del aparato fonatorio antes de una función no es el momento de probar nuevos atajos o de arriesgar variantes sin destino seguro porque la voz ha de funcionar mientras dure la obra y ya hay bastantes riesgos innerentes al oficio como para cometer la insensatez de quitarse del marco conocido y ensayado.

   Sin embargo suelo tener, también, ensayos por la mañana, musicales o de escena, en donde voy a aprender la parte junto con los colegas y pactamos juntos direcciones y motivos. Estos ensayos comienzan a las 10 de la mañana y como vivo a cinco minutos a pie del teatro no pongo el despertador más temprano que a las 8:30 horas.
   El amable lector ha adivinado que me levanto bastante tarde como para esperar que la voz se despierte, que no es lo mismo que mi cuerpo abandone la cama que ella sea capaz de fluir con la intensidad necesaria. Además, como también desayuno (café con leche, huevos fritos con jamón o tomate o cebollas de verdeo), hago mis 10 minutos de yoga, me ducho y elijo la ropa que me pondré entre otras actividades, de repente noto que ya no me queda tiempo de levantar la tapa del piano para tocar unos ejercicios de calentamiento; si lo hago llegaré tarde al teatro. Entonces mientras se fríen los huevos, en la ducha, al intentar combinar ropa interior con medias y camisa, al dar los buenos días en el Twitter, al conectar mi mòvil con la corriente eléctrica; mientras hago todo esto intento vocalizar sin apoyo instrumental.

   Tengo dos o tres melodías favoritas a las que le cambio la letra para que sean cochinas. Suelo comenzar con una canción infantil, todavía respetando el espíritu original:

https://www.dropbox.com/s/pvqy0hwx30hsl51/Estas%20orejitas.wav

    Cuando me canso de cantar esto tres veces paso a versiones no aptas para infantes:

  https://www.dropbox.com/s/nev7ugtyhz47hgb/Al%20pasar%20la%20barca.wav

    Y, subiendo cromáticamente, canto una canción compuesta en cierto Seminario de Teología en el que participé:

 https://www.dropbox.com/s/o2nv1g7rdj0jjuw/A%20fifar.wav

  (fifar: voz vieja por "follar"). 
  
   No estoy muy seguro de la efectividad de estas obras para mover la voz tan temprano por la mañana pero son una cantilena obsesiva de la que no puedo desprenderme.

martes, 12 de marzo de 2013

Sudores inducidos

   Un escenario es un lugar lleno de peligros, un campo impredecible cuyas minas pueden explotar, espontáneas, en cualquier momento. Mucho puede suceder, pero existe una situación que muy raramente tiene lugar: que el artista durante la función tenga frío, piel de gallina. Más bien ocurre que todos, sin excepción, siempre nos morimos de calor.

   Por supuesto que la primera explicación de este loco transpirar la proveen los focos que hacen la iluminación de la obra. Además, los escenarios suelen ser sitios de atmósfera muy seca. Así, se encienden unos aparatos antes de comenzar la representación que sueltan vapor de agua. Sucede que si el clima es muy seco se hace muy difícil cantar, se tiene la incómoda sensación de no poder tomar el aire suficiente.


    Los relizadores de vestuario aportan lo suyo. Por algunas razones que se nos escapan se prefiere  usar telas sumamente pesadas, gruesas, de invierno (aunque la obra o el concepto dramático no especifique la estación). Por ejemplo, la obertura de "Condesa Mariza" está escenificada: se trata de un grupo de turistas que visitan un museo. Unos están vestidos como de verano. Otros, (yo), llevan camiseta de material sintético hasta el cuello de color negro, chaqueta con piel, jeans y gorra de lana. El amable lector imaginará el aspecto de "existencialista francés venido a aún menos" que tengo. La obertura son solo cinco minutos que me hacen sudar aunque no cante ni una sola nota.



   Otro aporte de los vestuaristas es el "efecto cebolla", criterio que aman aplicar al coro o a los solistas. Una camiseta, una camisa, un chaleco, una chaqueta y un abrigo para desafiar los rigores polares son ya los clásicos de esta tendencia en la moda masculina de escena. No interesa si esta superposición de prendas muy gruesas se ocultan en gran parte unas a otras; al que diseña los trajes le basta con que se intuyan centímetros de paño de una camiseta apenas desde la segunda fila de butacas aunque el cantante se mueva como un golem redivivo. 


   También llevar pelucas no es, precisamente, un encuentro con el frescor. Suelen ser hechas a mano, tejidas mecha por mecha sobre una redecilla y se aplican con horquillas sobre una banda elástica que rodea la cabeza del artista. Cuando los bordes se ven demasiado se suelen pegar con mastix, el pegamento más detestable del Universo. Quitarse una peluca es siempre un alivio.


  
   Que no se diga que el mero cantar no produce un acaloramiento en el cuerpo porque no sería cierto. O las coreografías pertinentes. Ha habido producciones en donde he estado casi desnudo en el escenario, con el torso descubierto, vestido sólo con una larga capa, etc. pero jamás he tenido frío; yo que soy de aquellos que se llevan un abrigo a Benidorm en agosto por si las moscas.

   Lo que no puedo confirmar, pese a todo, es si el empuje de adrenalina antes de comenzar cada función es indiferente o cómplice de estos sudores inducidos.

lunes, 25 de febrero de 2013

Trampas y mordiscos

   A pesar de la experiencia, de tener tantos años de escenario, las funciones suelen dar sorpresas. O estar llenas de trampas, como sostiene mi costado paranoide.
   En la función de "Evita" del 24 de febrero hubo que susbsidiar muchas ausencias del personal por enfermedad (la gripe sobrevuela por la región). De ahí que tuviera que levantar a la mezzo protagonista en mis brazos con una rosa entre los dientes. A juzgar por su canto no creo que haya sido un problema el que entrara a escena llevada por un colega distinto al acostumbrado.

   Pero en el número de los militares y los aristócratas, el número con la coreografía mejor aprendida, fue el de los textos intercambiados y del falso brazo. En un momento, donde no sé si me distraje pensando en otra cosa o tuve un blanco de memoria, confundí la estrofa y canté lo que va en otro sitio, de modo que en los silencios que hacían los colegas se escuchó mi voz que seguía con la línea falsa. El amable lector no debe olvidar que llevo un micrófono personal pegado a la cara. Así, todo espectador y hasta las señoras acomodadores de la sala, que esperan el fin de la función jugando a las cartas y tomando café en el foyer del teatro, pudieron escuchar el entuerto.
   Inmediatamente me dí cuenta del error y callé para escuchar a los colegas y entrar de nuevo en la parte. Pero ese momento de rectificación me llevó a caer en otra trampa: al salir del flujo de la coreografía tuve que volver a encastrar en un pasaje que debió ser muy a contramano porque levanté el brazo izquierdo cuando todo el mundo a mi alrededor levantaba el derecho y olvidé de marchar (pierna derecha arriba, brazo izquierdo pegado al cuerpo) en toda un frase.

   Se dirá que solo notaron mi problema con el texto los que conocen la parte, no necesariamente el público. Y que el hecho de que los colegas del ballet estén en la primera fila, delante de nosostros, los coreutas, hace que los errores se minimicen. Sin embargo, el amable lector puede imaginarse cómo me sentí en esa situación . De haber podido arrancarme alguna parte del cuerpo a dentelladas salvajes (no estoy tan flexible como otrora) lo habría hecho.

martes, 19 de febrero de 2013

Días prusianos

   No fue difícil decidirse: esas dos semanas de vacaciones a principios de enero, que la dirección del teatro nos debía del verano 2012, las tomaríamos en una de mis ciudades favoritas, en Berlín.

Mehringdamm.

   Tampoco es una tarea dificultosa explicar la fascinación de esta ciudad en general y particularmente a los que vivimos en unas provincias que consideramos, por lo menos, aburridas hasta la saciedad. Y sin embargo, como siempre, quedan elementos, razones de este amor por la antigua capital prusiana, que son inexplicables.

   Lo primero que hice fue arrastrar mi resfrío hacia el norte. Con parte de enfermo arriesgué pasar el 31 por la noche en Berlín. Luego de 14 años de celebrar el fin de año en Tréveris (porque siempre he tenido una función en Nochevieja) espero que sea de buen augurio para 2013 haber quebrado esa tradición de forma más o menos clandestina.
   Una amiga me estaba esperando con exquisiteces de la patria. Revolviendo todos los supermercados de la zona consiguió carne argentina y otras cosas para darme de comer como si no hubiese un mañana digno.

Te extrañaba, oh carne de la Patria.

   El balcón del apartamento donde nos alojábamos tenía una estupenda vista sobre Berlín. Algo así se vieron los fuegos artificiales:
El cielo sobre Berlín.
   Ya un poco beodo dejé la reunión tan llena de niños que no terminaban de irse a dormir para ver qué, cómo y dónde se celebraba la venida del año 2013. ¡Por todos los santos, detra´s de la puerta está Berlín!
  Por no tomarme el metro caminé hasta Mehringdamm



y me metí en un bar lleno de gente, "Rauschgold" ("Oro febril"). Por supuesto que todo el mundo estaba con sus amigos y no repararon ni para conversación en ese tipo serio que nunca bailó y que miraba a su alrededor con un vaso de vodka con limón.


Decoración austera.


Ese no quiso hablar conmigo...

   Al día siguiente, primero de enero, fui el ama de casa que ayudó a porner en orden la casa prestada. En mi vida he lavado tantísimas copas de vino de una vez mientras el lavavajillas descompuesto me miraba muerto de risa.
   Luego de pasear bajo la lluvia por el Gendarmermarkt y alrededores

Desarmando la carpa de la fiesta de anoche.



Las reformas de la Staatsoper. Vaciaron la sala y el escenario dejando solo los edificios de adelante y atrás.

hubo más comida en cantidades por la noche en forma de tacos caseros para rellenar.
  
   Ya he estado tantas veces en Berlín que mi itinerarios se han convertido en instancias altamente ritualizadas. No tolero irme de esa ciudad sin haber visitado los mismos lugares:

Mehringdamm con Melitta, uno de mis bares de ambiente favorito.

   Mi librería de usados favorita, con su piano y sus ofertas de partituras.




   La Oranienstrasse con sus locales sumamente alternativos de comida y ropa. Y "Bierhimmel", lugar como de ambiente pero no:




Atención al caballero del fondo, quien tampoco me llevó el apunte.

   O las tiendas de inventos:










   Otro de los rituales consiste en ir al teatro o a la Ópera,quienes suponemos a priori capaces de ofrecer espectáculos mejors que los que vemos en nuestras provincias. Esta vez fuimos a ver una muy buena puesta en escena de "En la posada del corcel blanco" en la Komische Oper y la obra que M. hará a partir de marzo en Stuttgart "El nombre" que trata acerca de un caballero que en una reunión familiar dice que quiere ponerle al hijo que está esperando su mujer "Adolf". La obra es un éxito en toda Alemania con razón porque es bastante divertida. La versión que vimos fue presentada en el Renaissance theater, uno de los teatros más encantadores en su estilo que he visitado nunca:







Pre-Foyer.












Salón del primer piso.









Taquilla.



   Viendo las (pobres) fotos el amable lector no podrá sino darme la razón: ¿cómo no enamorarse de un teatro así?

   Comer con amigos, visitar sitios exóticos, observar a los pasajeros en el metro como despliegan su privacidad, todo aquello que hace de Berlín una ciudad a la que amar y volver siempre. Quizás, una ciudad para vivir.




El "teatro Popular" en la Plaza Rosa de Luxemburgo. La vereda y la calle están adornadas con frases suyas, de su diario.






En el Museo de las Cosas.










Al fondo, la inmortal Nefertiti.