Onomástico redondo cumplía mi madre en abril, se preparaba una gran fiesta para el sábado 13. Como de costumbre yo no estaría presente: con seguridad habría que ensayar, sentarse en la incómoda sala del coro o quejarse por la falta de aire en la sala subterránea nª 1.
Pedir permiso a las autoridades del teatro para presentarme tan lejosen un evento como este es algo que nunca se me podría ocurrir. Si fueran motivos relacionados a un entierro supongo que me otorgarían el permiso de ausentarme; en el caso de una situación de gozo pero no de urgencia ni me atrevía a pensar en la posibilidad de asistir a la fiesta el día planeado. Otra celebración importante en la que yo no estaría presente.
Ya sin esperar cambio alguno al respecto de repente a mis hermanos se les ocurrió una idea: "¿Y si le regalamos a nuestra madre que te aparezcas en su fiesta? ¿De sorpresa?". Luego de considerar las posiblidades de riesgo ("Tengamos a mano el teléfono de emergencias") se encontró un vuelo para ese fin de semana. Compré el pasaje para una semana de estadía, de jueves a jueves, porque no pensaba hacer semejante viaje solo por dos días. Esto implicaba un riesgo: ¿y si las autoridades del teatro no me permitian viajar? En ese caso habría que devolver el pasaje o perder el dinero.
Mi directora de coro no objetó demasiado cuando le presenté la solucitud porque en esa semana específica no había fecha de funciones. "En todo caso, si comienzan los ensayos de escena para la ópera de Smetana el regisseur tendrá que aguantárselas" dijo. Solo que, un mes antes de viajar, nadie contaba con la extraordinaria situación de que me otorgaran, de la noche a la mañana, un rol solista. Apenas exagero con lo de „extraordinaria“ ya que hacìa mucho tiempo que yo no figuraba en las listas de reparto y una observaciòn casual al colega hizo que se pensara en mì cuando este tenor tomó la resolución de no hacer el papel y cedérmelo. Pasé, así, de ser el segundo de un doble elenco a ser el único que haría el rol.
Así llegó el primer día del trabajo con el regisseur de "La novia vendida" y tuve que poner mi mejor cara de niño bueno y de inocencia para que él firmara el papel que me permitiría viajar a Buenos Aires (con lo cual queda en evidencia la autoridad de mi jefa; no puede decidir otorgarme el permiso sin que algún otro tenga la última palabra al respecto).
La ciudad capital me recibió el viernes 12 de abril con un día de otoño glorioso. Pero había que estar cautos para que mi madre no me encontrara de repente caminando por las calles de nuestro barrio antes de la sorpresa del día siguiente, el de la fiesta. „No salgas a la calle, no te asomes a la ventana, no atiendas el teléfono en todo el día“ fueron las instrucciones de mi hermano, experto del programa de protección de testigos. Al final mi madre fue llevada al lugar de la fiesta, a 20 kilómetros de la Capital Federal, y las precauciones se relajaron del todo.
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| La entrada de mi casa vieja. |
Los invitados, amigos y parientes fueron pegando diversos gritos al verme; hubo besos y abrazos y no faltó el que dijo que „ya me imaginaba que irías a venir, no sé por qué esto no me toma de sorpresa“.
El jardín de la casa se fue transformando a medida que iban llegando los elementos que armarían los „livings“ , las salas sobre el césped. Es una variante que yo no conocía; se alquilan sillones, cubos, mesitas, velas, almohadones, sombrillas, para conformar diversos espacios que se pueden modificar a gusto durante la fiesta porque los objetos son estables pero no muy pesados.
Como en toda buena fiesta la composición de los invitados fue bastante heterogénea. Como de costumbre cuando hay mucha gente se termina hablando con los mismos de siempre, los que se conocen de antemano. Asistieron los parientes cercanos, los primos y amigos del grupo parroquial con los que hay una relaciòn de más de 55 años, los hijos de éstos, mi generación, y los hijos de los hijos, quienes fomentaron su capacidad de aburrimiento o corrieron por el jardín o durmieron en cochecitos protegidos contra el sol.
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| Sobrinos en acción. |
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| Cuatro salsas exquisitas. |
Luego vinieron los postres, tartas y el café. Allí empezó el momento del micrófono para los agradecimientos y los discursos de rigor. Las „maestras desatadas“ hicieron una relación llena de los lugares comunes de la burocracia educacional y bailaron, luego, con muchísimo entuiasmo una danza árabe cubiertas de velos pero no semidesnudas. Luego, una amiga de toda la vida de mi madre empezó un discurso diciendo los años que se conocían y lo que habían hecho juntas en el grupo parroquial. A los tres minutos de haber comenzado, alguien dijo: „Ahora, ella se va a poner a llorar en 4, 3 ,2, 1...“, y, en efecto, la oradora se interrumpió en el momento exacto inundada de lágrimas. Mi madre agradeció al final pero, en cuanto vió que alguien tomaba de nuevo el micrófono pidió en voz alta: „No más discursitos de llorar“. No los hubo porque había llegado el momento de la música en vivo.
Mi prima Fátima, quien trabaja de ello, se presentó con un guitarrista para cantar un repertorio de tangos, zambas y boleros. El día anterior nos habíamos reunido ella y yo con la intención de ensayar alguna canción pero terminamos hablando de nuestras respectivas situaciones de vida y de dieta, con lo cual se decidiò, entonces, que improvisaríamos en el momento de la fiesta.
Así, comenzamos (yo demasiado nervioso) con un bolero. Ella me iba tirando la letra si creía que yo lo necesitaba. Creo que salió bastante bien. Luego de los aplausos, yo me retiré para dejarla sola con el guitarristapara que siguiera con su repertorio habitual. En realidad la razón fue que pasaba justo en ese momento una señorita con una bandeja de alfajores de maizena y café y no iba a dejar que mis tíos se los comieran todos mientras yo cantara.
Cuando Fàtima terminó con las canciones de la lista las „ maestras desatadas“ se acercaron al escenario para pedir que yo cantara otra cosa, un pedido que me sorprendió sentado en un sofá con un café en una mano y un trozo de torta en la otra.. De nada sirvió que yo dijera que no había preparado nada. Una de ellas se acercó a demasiados pocos centímetros para gritar „El Ave María, por favor, por favor“ lo que hizo que reconsiderara, rápidamente, mi decisión. Fátima sugirió que cantáramos „Laci darem la mano“ a capella y así lo hicimos para alegría de todos; inclusive olvidé la parte de Giovanni y canté la de Zerlina mientras Fátima tomaba la voz del barítono. Èxito total, reverencias, huida del escenario para no dar lugar a otro pedido.
La fiesta llegó a su fin al caer el sol y nos fuimos retirando todos. Como no puedo con mis deseos de ver gente quedé esa misma noche para encontrarme con una amiga que vive en Uruguay. „Te voy a llevar a comer la carne de tu vida“ me dijo y nos citamos así en una esquina del barrio de Palermo. Recomiendo con sumo énfasis al amable lector el restaurante al que me llevó Vesna. Nos sirvieron un monstruo de 750 gramos, crocante por fuera y tierno por dentro, el mejor pedazo de carne que nunca he comido.
De allí nos fuimos a „Sitges“, bar uranista parte de nuestro culto personal. Fue uno de los bares que visitaba antes de vivir en Alemania, un antro donde amigos heterosexuales han retenido orina durante horas por temor de ir al baño y Vesna respondió el pedido de una chica con la frase „no, la verdad es que no soy muy lesbiana“. Música de todo tipo, gente muy mezclada y show de travestis memorables.
Ese fue exactamente el problema, lo de „memorables“. El show empezó a la una de la mañana - media hora más tarde de lo anunciado – y salvo en dos oportunidades los números y las canciones y el diálogo con el público fueron un calco de lo que ya había visto hacía dos, cuatro, seis, diez, doce, dieciséis años. A la insulsez se agregó la repetición. Nos decepcionamos las tres horas que permanecimos allí.
Salió el sol al día siguiente y salí a pasear por el barrio de los nuevos ricos, Puerto Madero. Está cerca del Río de la Plata y permite estar como en otra ciudad que nada tiene que ver con la histórica a nuestras espaldas.
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| Puerto Madero. |
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| San Telmo. |
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| Plaza de Mayo. |
Por la tarde aparecí por la Avenida Corrientes, mi avenida favorita. Hubo algunos cambios, nuevos locales:
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| Especialista en Hot Dogs. |
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| La obra que M. hizo hace unos meses. |
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| ¡Sifón! |
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| Suburbios. |
Esa tarde con libros y la cena fueron parte del último día. También, la compra de cierto material químico para amigos peninsulares y una situación penosa con mi madre presente.
Llegó el momento de la despedida que no fue especialmente triste porque se supo que Buenos Aires me vería de nuevo a madiados de julio. Luego un taxi, un avión, otro avión, un tren de alta velocidad, otro tren regional y un taxi llegué a mi casa trevirense. De puerta a puerta fueron, en total, 25 horas. ¡Qué lejos!






















































































